LIBROS RECOMENDADOS
POR LA
ASOCIACIÓN DE EDITORES DE POESÍA
2017

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1.- LA LENGUA DE LOS OTROS,

de José Ramón Ripoll.

Visor Libros, Colección Visor de Poesía, nº 986.

XXIX Premio Internacional de Poesía “Fundación Loewe”.

108 páginas.

 

“Nacer y no: / llaga perpetua”. Podría decirse que la insignificancia de la naturaleza humana, de la misma condición humana, incapaz de resolver semejante contradicción sino en la llaga de otra contradicción, la de lo eterno efímero, es el gran tema de La lengua de los otros, a partir del cual vamos descubriendo una serie de variaciones, independientemente de la división tripartita de la obra. Tema y variaciones: no ha de extrañarnos esa característica forma musical en un autor como José Ramón Ripoll (Cádiz, 1952), dedicado durante tantos años a la divulgación de los tesoros del arte del sonido en Radio Nacional de España. Guionista y programador, periodista, ensayista al servicio de la música y la palabra, el verso viene siendo, no obstante, la peana y el trampolín para la creatividad del escritor andaluz, quien, además, dirige la prestigiosa “RevistAtlántica de poesía” desde su fundación en 1991. De trece años antes data su primer libro en solitario, La tarde en sus oficios (1978), al que siguieron, entre otros, La Tauromaquia (1980), Sermón de la barbarie (1981), El humo de los barcos (1984, Premio de Poesía “Juan Carlos I”), Las sílabas ocultas (1991), Niebla y confín (2000, Premio Tiflos), Hoy es niebla (2002), Piedra rota (2013), hasta llegar al presente La lengua de los otros, que ha obtenido el famoso Premio Loewe de Poesía, en su XXIX edición.

 

“¿En qué lugar del útero celeste / dejé las instrucciones de la vida (…)?”, se pregunta el sujeto poético de la nueva obra de José Ramón Ripoll, escondido “bajo el manto harapiento / de la noche”. Las “nubes negras”, “grietas en la memoria” en realidad, bajan a la llanura de su pensamiento: “En ellas me refugio sin saber quién me espera, / en qué lengua he de hablarme, / quién es mi cicatriz / y quién mi herida”. Y, entre esas nubes, “la mano de mi madre es nube y vuelve”. El difuso recuerdo de la madre se constituye en idea cíclica de esta larga vigilia –sesenta y dos poemas quedan recogidos en el libro-, durante la cual abundan las disonancias entre el decir y el existir –“No hay palabras aún y ya hay memoria”-, la soledad de la casa familiar se antoja como la metáfora perfecta del inevitable olvido, y las imágenes del desamparo se suceden con delicada belleza: “Bajan las gaviotas a posarse / en el pretil del alma / en la vana cornisa de la vida”. El niño “que aún esconde su rostro / debajo de la almohada” queda ahora envuelto, ya en la edad adulta, en un “silencio retumbante”, “un miedo a no o a sí, / un sin ser siendo”. De cualquier modo en un “naufragio”, y no es casual, pues, que Ripoll logre condensar toda la vibración lírica de la obra en un poema de tal título, cierre de la segunda parte de La lengua de los otros.

 

 


 

 

 

2.- BOOMERANG,

de Ramón Hernández.

Ediciones Vitruvio, Colección “Baños del Carmen”, nº 651.

238 páginas.

 

La aparición en 2012 de la poesía completa, bajo el título de Acuario en Capri, del veterano escritor Ramón Hernández (Madrid, 1935) dio noticia del perfil más secreto de un nombre fundamental para entender las transformaciones obradas en la novela española después de la Guerra Civil. Situado siempre en la vanguardia, artífice de una muy personal revolución estética, Hernández es autor de una amplísima y excepcional obra narrativa, de la que sobresalen dos memorables trabajos: Palabras en el muro (1969), considerada “la mejor novela española de posguerra” por el prestigioso diario británico “The Times”, y Eterna memoria –“un alegato contra la guerra y contra la alienación del ciudadano en manos de los poderes fácticos”, según la descripción del propio autor-, que en 1974 obtuvo el Premio Hispanoamericano de Novela “Villa de Madrid”, y que Nostrum (Vitruvio) reeditó cuarenta años después de su primera edición en Planeta. La dedicación de Hernández a la poesía se ha incrementado en las últimas décadas, hasta el extremo de revelarnos a “un poeta de avezada personalidad, independiente y sutil, muy enraizado en una especie de mezcla hereditaria que debe tanto al simbolismo como al realismo”, en palabras de J. M. Caballero Bonald, durante la presentación de Acuario en Capri en el Ateneo de Madrid, el 9 de marzo de 2012.

 

Aquel volumen de poesía completa y ahora Boomerang, que fueron editados en Estados Unidos por la Society of Spanish and Spanish American Studies –entidad a la que se debe la publicación en América de la obra completa del autor-, han sido dados a conocer en España gracias a Ediciones Vitruvio. Con Boomerang, y ya desde su espléndido primer poema, titulado “alfaomega”, prosigue la negra fascinación que ejerce sobre los lectores el estilo expresionista de Ramón Hernández, fuertemente influido por un existencialismo que alcanza cotas nihilistas tales como el furibundo, breve y magistral texto “nadie nada ninguno”. Nos hallamos ante un sujeto poético encarnado por “una hoguera” –cuyo dolor “desgarra / el aire con sus llamaradas”-, capaz de imaginerías acumulativas de delirio –véase el extenso poema “golpenalty”- o de piezas conversacionales inesperadamente desternillantes –“manhattan barber” o “preferible huérfanos”-, pero también de joyas minimalistas como “darwin”: “barro soy / antes fui flor”. En absoluto preocupado por la perfección formal, y valiéndose a menudo de la asonancia como percutor prosódico, Ramón Hernández construye un amplio retablo de contumaz independencia estética, fatídicas visiones –“en mi cerebro llevo impreso / el mapamundi del infierno”; “estrella maldita / errante polvo cósmico / sin cesar iluminas mi destrucción”- y afanes de música: “mi infinito hiriente pensamiento / pájaro errante y sin alas / incapaz de volar si no es tuyo mi vuelo”.

 

 


3.- INALTERABLE LUZ,

de José María Muñoz Quirós.

Vaso Roto Ediciones, Colección Poesía, nº 106.

176 páginas.

 

Inalterable luz cierra la tercera de sus cinco secciones –cuatro partes en realidad (“El aire amarillo”, “Noches de luz”, “Pájaros en el ciprés” y “El caballo del tiempo”), a las que se suma el apéndice titulado “La huida”- con un poema vivamente esclarecedor: “Si vuelas ve al alto mundo / de la luz, / al precipicio / de la clara belleza / de unas sílabas mudas”. La sutil exploración de lo inefable articula este nuevo trabajo poético de José María Muñoz Quirós (Ávila, 1957), autor que desde 1982 viene dando cuerpo a una carrera de gran fecundidad y hondura literaria, con momentos culminantes como la aparición de los libros Ritual de los espejos (1991, accésit del Premio Adonáis), Material reservado (2000, Premio “Jaime Gil de Biedma”), Celada de piedra (2005, Premio “San Juan de la Cruz”), El color de la noche (2008, Premio “Ciudad de Salamanca”) o el volumen de poesía reunida Tiempo y memoria, publicado por Ediciones Vitruvio en 2015.

 

Quizá Inalterable luz resulte uno de los libros más insólitos de la trayectoria de José María Muñoz Quirós, tomada en su conjunto. Aquí, en muchas ocasiones, los breves e intensos poemas que conforman la obra parecen ofrecer una continuidad no sólo discursiva sino textual, de manera que el latido de un subyacente canto único alimentaría el fuego, la llama de una luz inalterable, sí, pese a la irrevocable conciencia de la derrota y de lo efímero. “Escribes líneas en el fuego y te desvela / el resplandor. / En las llamas / el tiempo en fuga / dicta palabras al vacío”, leemos en las primeras páginas de una obra que va mucho más allá de su hermetismo aparente gracias a las alianzas de naturaleza y lenguaje, a su brillante imaginería –“…Más arriba las águilas, / el centro del silencio. / Construyo con sus alas un manojo de estrellas”- y a la presencia reveladora del otro –“Veo el profundo surco / que levanta mi ser / entre la arena de tus labios”-. Valiosa y valerosa poesía del conocimiento, o mejor aún, del reconocimiento.

 

 


 

4.- CALMAS DE ENERO,

de César Antonio Molina.

Tusquets Editores,

Marginales, n° 298. Colección “Nuevos textos sagrados”.

168 páginas.

 

Licenciado en Derecho y doctor en Ciencias de la Información, profesor universitario, político y, sobre todo, escritor de una gran versatilidad, la figura poliédrica que encarna César Antonio Molina (La Coruña, 1952) ha concedido a la poesía un papel preponderante. Su primer libro, Épica, de 1974, ya exploró los dominios del verso, y, si bien es verdad que su dedicación a la prosa ha dado frutos tan voluminosos y atrayentes como los seis tomos que componen sus denominadas “Memorias de ficción”, ello no debe hacernos olvidar la atención constante dispensada a la lírica por el autor a lo largo de cuatro décadas de incesante creación literaria. La estancia saqueada (1983), El fin de Finisterre (1988), Para no ir a parte alguna (1994), Olas en la noche (2001), En el mar de ánforas (2005) o Cielo azar (2011) son algunos ejemplos de poemarios firmados por Molina, quien vio publicada en 2006 la importante antología El rumor del tiempo, con prólogo de Antonio Gamoneda, y estudio y selección de Julián Jiménez Heffernan.

 

La gran versatilidad del escritor coruñés corre pareja con su extraordinario cosmopolitismo, y buena muestra de ello es precisamente Calmas de enero, su nueva y esperada obra. Cosmopolitismo que podemos traducir como nomadismo en lo que atañe a la formulación lírica: “Soy un nómada en las estepas y desiertos metropolitanos (…) Te persiguen aquellas ciudades por donde has ido / desparramando en vivo tus cenizas”. Roma, Milán, Palma de Mallorca, Alejandría, París, Washington o Cracovia son escenarios para unos poemas que suelen tomar partido por las grandes proporciones –de lo que sería buen ejemplo “Por entre los bloques de basalto” al tratarse del canto de mayor extensión, aunque el libro alberga también composiciones de corte minimalista como “En el Averno”, “Cementerio judío de Varsovia” y “Un puente sobre el Vístula”-; poemas que, en su decurso predominantemente caudaloso, combinan la anécdota viajera, el culturalismo, la erudición y la reflexión, una narrativa elíptica y sincopada, y el encuentro seguro con las epifanías que van marcando la temperatura lírica. Así, especial mención merece la composición titulada “Palmera pétrea”, con su tono de oración vehemente, y el poema “Regresar a mi ciudad”, con su conmovedora evocación de la natal La Coruña, “azul (…) como el de los cuadros de Patinir”: “Vivo escondido en tu escalera de caracol, / y en la sien me golpean las sirenas perdidas en la niebla”.

 


 

5.- W,

de Javier Pérez Walias.

Vaso Roto Ediciones, Colección Poesía, nº 105.

72 páginas.

 

“El silo de mi lengua es la memoria”, escribe Javier Pérez Walias (Plasencia, Cáceres, 1960) en “Luzbel comiendo de mi mano”, uno de los poemas que encontramos en las postrimerías de W, su nueva obra con epílogo de Julio César Galán, quien hace hincapié en dos ideas sustantivas para entender este poderoso libro: “el poeta toma la palabra y la transforma en una suerte de alquimia renovadora, en un bálsamo para curar sus heridas”, la primera; “los otros reflejan lo que somos, y esa alteridad se convierte en un potente motor textual”, la segunda. Nueva palabra sanadora y alteridad, junto con la memoria aludida al principio, insuflarían toda su fuerza a W, que llega después del amplio balance que supuso la antología Otrora (1988-2014) en el contexto de la trayectoria poética de Pérez Walias, con capítulos tales como Versos para Olimpia (2003), Largueza del instante (2009, Premio de la XVII Bienal de Poesía “Provincia de León”), Arrojar piedras (2011) o Al Qarafa (2014).

 

Un sujeto lírico “señalado por el dedo acusador del desencanto, por el potro cáustico de la indolencia”, enarbola, no obstante, la letra W que da título al libro; algo así como un emblema familiar –el segundo apellido del autor no ofrece dudas al respecto- que ayuda a apuntalar la memoria del poeta, capaz así –“alargado el instante y arrojada la piedra”- de “saldar algunas cuentas con los ausentes”. El versículo denso y torrencial que predomina en la obra –la cita final de Antonio Gamoneda nos lleva a pensar insoslayablemente en la morfología y discursividad de Descripción de la mentira-, amén de la imaginación desbordada y la rica galería de imágenes que le da sustento –“el dolor es un fósforo en un jardín de encinas”; “la muerte es una pequeña aldea ardiendo en el esternón del universo”-, contribuyen al entrecruzamiento sistemático de referencias y a la salvación lírica de la anécdota, con un vibrante sentido de la continuidad afectiva en la historia familiar: “Mi padre vendrá a mi casa para ver crecer la lana limpia en el corazón desbocado de mi hijo”. Y si la nostalgia del sujeto poético “como una tea se sumerge en la negrura”, “ahora (…) ha de levantarse, andar y varear la vida éste que sufrió tamaño mal de nostalgia”. Se lo permitirá, indudablemente, la tan lograda alianza de intensidad y emoción que hallamos en poemas como “Epístola a Olimpia” o “Mesa de mármol”.

 


6.- REGRESO A ABISINIA,

de Mario Riera.

Ediciones Vitruvio, Colección “Baños del Carmen”, nº 641.

84 páginas.

 

Palmaria muestra de su condición de autor bilingüe, Mario Riera (Ibiza, 1970) introduce en Regreso a Abisinia –la tercera de sus obras en lengua castellana, tras En brazos de la ausencia y Anteluz, esta última igualmente Libro recomendado por la A.E.P. en el año 2012- un buen número de poemas en catalán –once, en concreto- que, además de recordarnos sus otros anteriores trabajos, Mar de silencis, Mínim equipatge y Viatge d’aniversari, dan testimonio de algo que va más allá de una íntima convivencia lingüística: como vehículos para la expresión lírica en pie de igualdad, ambos idiomas no podían faltar en un libro profundamente personal y conmovedor, donde los temas de la paternidad, la revelación geográfica y el regreso al origen se funden con acierto.

 

“Y cultivar el sentido absoluto de la palabra hijo”; hijo cuya tierra es Etiopía, la histórica Abisinia: “un lazo imborrable, / donde regresar para renacer / y sentirse ser humano desposeído de todo”. Desde la palabra “hijo”, desde su mera presencia callada en ocasiones o desde el fecundo correlato de la ternura –“Deixa’m aprendre el significat de la paraula tendresa”-, el autor encuentra el tono necesario para cuajar composiciones tan notables como la titulada “Origen”, hacerse eco del sufrimiento de todo un continente –“…que aún somos capaces / de compartir amor por las oscuras esquinas / de la pobreza humana”-, y ofrecer al lector la profundidad de campo de Regreso a Abisinia condensada en apenas cinco versos: “Empujados por la inmediatez de la infancia, / armados con la sabiduría de lo ya perdido, / reconociéndonos en el regreso al origen / como hijos de aquel hombre que encontró / un largo e inmenso desierto ante sus pasos”.

 

 

 


7.- EL CAMINO DEL ALBA,

de Alfonso Alegre Heitzmann.

Tusquets Editores,

Marginales, n° 295. Colección “Nuevos textos sagrados”.

224 páginas.

 

Del celebérrimo “Romance sonámbulo” de Federico García Lorca (“…grandes estrellas de escarcha / vienen con el pez de sombra / que abre el camino del alba”) toma su título el que indudablemente es el jalón más significativo y ambicioso en la carrera literaria de Alfonso Alegre Heitzmann (Barcelona, 1955); personalidad polifacética en el campo de la cultura –ha cultivado también la crítica y se ha hecho cargo de tareas editoriales-, capaz de tender puentes entre las disciplinas artísticas con toda naturalidad. De hecho, la editorial Tusquets ha recordado convenientemente que algunas de las secciones de El camino del alba “aparecieron antes como plaquettes o libros de artista”. Todo ello contribuye a hacer de este volumen lo que a la postre acaba resultando: una muy interesante amalgama de miradas y formas, casi a contracorriente del panorama poético actual por su extensión y por el número de partes que lo vertebran –nada menos que ocho sin contar varias subdivisiones: “La luz en la ventana”, “La flor en lo oscuro”, “De los sonidos que el bosque ama”, “No se apaga durante la noche su lámpara”, “Noches de Albión”, “A raíz de luz”, “Agón. Contemplación de Antoni Tàpies” y “Pasaje”-.

 

“No es una voluntad programática sino musical lo que mueve al poeta”, escribe Alegre Heitzmann justo al comienzo del texto titulado específicamente como la obra toda, y a ello parece responder la muy llamativa variedad de formas que aquí se dan cita, desde el haiku hasta el soneto –con algunos ejemplos irreprochables- pasando por el aforismo. No obstante, se diría que tanto los poemas en verso libre de brevísima extensión como los poemas en prosa conforman el territorio compartido donde el autor encuentra la mejor afinación para cantar sus reiteradas visiones de la naturaleza y el paisaje –“primavera de luz / que vienes en invierno”, leemos en el poema “Almendra”-, sus reflexiones cardinales sobre tiempo y espacio o su bien fundado amor por la palabra: “Palabra y silencio, como luz y sombra, se pertenecen”.

 

 


 

8.- SOMBRAS DI-VERSAS,

Diecisiete poetas españolas actuales (1970-1991).

Selección y prólogo de Amalia Iglesias Serna.

Vaso Roto Ediciones, Colección Poesía, nº 116.

328 páginas.

 

Es muy de agradecer, por lo necesario que resultaba y sigue resultando, el esfuerzo que últimamente viene realizándose para reivindicar el especial valor de la creación poética escrita por mujeres; “el fenómeno más interesante que ha sucedido en la poesía española en las últimas décadas”, con una presencia femenina “incomparable a la de cualquier otra época”, y con una “nueva manera de aproximarse al discurso poético mucho más profunda, intensa y ambiciosa que nunca”, según dejara escrito Amalia Iglesias Serna (Menaza, Palencia, 1962), destacada voz lírica ella misma, y autora de la muy interesante antología Sombras di-versas. Diecisiete poetas españolas actuales (1970-1991), que Vaso Roto acaba de publicar, en octubre de 2017. Nuevamente en palabras de Amalia Iglesias, las diecisiete autoras escogidas para este volumen –nacidas en el lapso de veintiún años arriba indicado- “aportan, en sus diferentes estilos y propuestas, una clara evolución en la poesía española de este período, y no sólo en la escrita por mujeres (…) No conforman una generación o grupo poético cohesionado, o una escuela o tendencia estética de vía única”, aunque sí comparten “una atmósfera común de época y coinciden en preocupaciones similares”; además, “lo interdisciplinar se instala con naturalidad en sus textos”, sin un afán mayor de culturalismo. Son, en definitiva y decisivamente, “testigos del presente que exploran la realidad desde el prisma de un sujeto femenino (…) muy alejado ya de los tópicos tradicionales”.

 

Representadas con cierta amplitud en un volumen cuya extensión rebasa las 300 páginas, las respectivas creaciones de Esther Ramón (Madrid, 1970), Julia Piera (Madrid, 1970), Julieta Valero (Madrid, 1971), Marta Agudo (Madrid, 1971), Pilar Adón (Madrid, 1971), Yaiza Martínez (Las Palmas de Gran Canaria, 1973), Raquel Lanseros (Jerez de la Frontera, Cádiz, 1973), Miriam Reyes (Orense, 1974), Sofía Rhei (Madrid, 1978), Leire Bilbao (Ondarroa, Vizcaya, 1978), Ana Gorría (Barcelona, 1979), Ana Vidal Egea (Dolores de Pacheco, Murcia, 1984), Elena Medel (Córdoba, 1985), Berta García Faet (Valencia, 1988), Luna Miguel (Alcalá de Henares, Madrid, 1990), Emily Roberts (Ávila, 1991) y Leticia Bergé (Madrid, 1991) conforman lo que, en su certero prólogo, Amalia Iglesias describe como “un teatro de sombras oscilantes”: la poesía, es decir, “lo que el lenguaje proyecta entre el alma y el mundo”.

 

 


 

9

9.- ACASO PRIMAVERA,

de María José Pérez Grange.

Ediciones Vitruvio, Colección “Baños del Carmen”, nº 680.

64 páginas.

 

Para empezar (2002), Silencio… se vive (2006), Palabra dormida (2009), Al aire (2012), Contándole al silencio (2014), Imagina (2016) y ahora Acaso primavera son los siete libros, publicados todos por Ediciones Vitruvio, que, en el lapso de quince años, han trazado el caminar poético de la autora madrileña María José Pérez Grange. Docente de profesión, su voz literaria ha venido asentándose sin desmayo, con rotunda sensibilidad; oxímoron sólo en apariencia y que precisamente explicaría todo el calado de su lirismo no exento de una preocupación ética, de una búsqueda de la indulgencia que en absoluto lastra sino que matiza y conmueve. Así, en “A mi altura”, uno de los mejores poemas de Acaso primavera, leemos: “Nada me aterra / sino ponerme a la altura de mí (…) / Conjuro al milagro de no ser mi enemigo, / y llegar a la embriaguez / del perdón que el cielo regala, / después de la tristeza”.

 

Otros excelentes poemas, como “En un banco” o “Mirad”, tienen cabida en esta nueva obra de María José Pérez Grange, cuyo asunto principal quizá sea el diálogo que queda establecido entre añoranza y tiempo: “Eres en este banco solitario / la paz con que cierro los ojos / e imagino que todavía existes. / Y, al recordar tu cara, / comprendo que el tiempo redime / como redime el agua en el desierto”. El anhelo de una inocencia pretérita retrotrae la mirada hasta la infancia –“Juguemos a jugar / un juego de inútiles ventajas / sólo por pasar el tiempo, / bajo el calor de un verano perpetuo que no nos importa”-, mientras los días del presente son bebidos “a grandes sorbos / como si fueran aire o leña de mi fuego”. La escritura se torna preciosista en algunas ocasiones, sobre todo en las evocaciones más explícitas de la naturaleza, aunque siempre al servicio de un paulatino fortalecimiento del sujeto poético –“No era, nazco hoy”-. Y, de este modo, “la batalla del valor de cada día” yergue un “roble que en su sitio sigue / con fortaleza de todas las edades”, y con la plena conciencia del ser y del vivir: “Cartuja de mi soledad, mi campo / otra vez me viste / de blanca resurrección sin nombre”.


 

10.- LA LUCHA POR EL VUELO,

de Sergio Navarro.

Ediciones Rialp, Colección “Adonáis”, nº 654.

Premio Adonáis 2016.

64 páginas.

 

“Por su contemplativa y serena mirada sobre la naturaleza, sustentada en una fluida e intensa musicalidad”: así razonó su fallo el jurado del Premio Adonáis para conceder el galardón de 2016 –con la consiguiente publicación en 2017, por Ediciones Rialp, de la obra distinguida- a La lucha por el vuelo, cuyo autor es el muy joven poeta andaluz Sergio Navarro (Marbella, Málaga, 1992). Se trata del segundo de sus poemarios que ha llegado a la imprenta, pues la previa concesión del Premio “Emilio Alfaro Hardisson” conllevó la edición en 2015, por el Ateneo Cultural de La Laguna (Santa Cruz de Tenerife) de una obra inaugural titulada Telarañas.

 

Fundamentalmente, La lucha por el vuelo es la historia de un encantamiento: el que vive el sujeto lírico en su ansia por merecer la serenidad de espíritu precisa para emprender el certero vuelo de la plenitud, por muy efímera o precaria que ésta sea. Así, el poeta que, al principio, “se adentra en la noche con la luz / sola de su palabra y que descubre, / que alumbra, la invencible vastedad / del abismo que cruza”, acaba encontrando el modo de dar a dicha palabra –“oscura y fresca”- la “altura perfecta y generosa” con la que obrar el milagro del conocimiento y la comunicación. La fusión con la naturaleza es el medio a través del cual se logra el alivio –“Como si Dios templase con su soplo, / con sus labios de madre cuidadosa, / la ardiente cucharada de esta tierra”-, alcanzándose en la belleza sutil del poema titulado “Pertenencias” la abolición del desarraigo: “Ya esta comarca no ha de serme ajena”. Ecos guillenianos –“Él contempla su mundo y lo ve bueno”- asoman, pues, en las postrimerías de un libro estructurado en un poema introductorio, cuatro partes y un epílogo; de un libro de tono eminentemente clásico donde, no obstante, tienen cabida ocasionales enfoques de una modernidad más explícita –como, por ejemplo, el poema “Dana, en la revista” se encarga de demostrar-.

 


 

11.- NO QUEDAN RUISEÑORES JUNTO AL RÍO,

de Luis de la Rosa Fernández.

Ediciones Rilke. Colección Poesía.

76 páginas.

 

El catedrático de Lengua y Literatura Españolas Luis de la Rosa Fernández (Galera, Granada, 1948), autor del ambicioso manual Curso de Lengua Española. Gramática: teoría, norma y práctica, coautor también de libros de texto para la enseñanza media, y al que se le deben igualmente artículos lingüísticos y literarios, ha vivido, por partida doble en el presente año 2017, su debut en el campo de la creación. Los poemarios Si acaso me leyeras algún día, publicado por Dauro, y el volumen que ha dado a conocer Ediciones Rilke, No quedan ruiseñores junto al río, nos revelan una voz lírica bien cimentada en la tradición, tanto en el aspecto formal como en la afinación de su gama temática.

 

Esa gama se encuentra perfectamente definida en cuatro bloques, donde la preocupación por el topos inagotable del “tempus fugit” y la angustia existencial conducen, con desenvoltura, primero al lenitivo de las visiones de la naturaleza y la reflexión metaliteraria, y después a los diversos perfiles del amor, cuya hondura se canta pulcramente –“Y a pesar de los años ya vividos, / íntegra la ilusión, aquí te espero / con mi afán y los sueños compartidos, // con la esperanza intacta, prisionero / de aquella gran pasión, aún encendidos / los delirios de aquel amor primero”-. En última instancia, la inquietud cívica aporta el pulso colectivo a un volumen cuya musicalidad descansa preponderantemente en el soneto.

 


 

 

12.- PÉTALOS BLANCOS,

de Miguel Ángel Martínez Janáriz.

Editorial Poesía eres tú. Colección “Poesía eres tú”.

96 páginas.

 

Ingeniero técnico agrícola y enólogo, la paralela actividad de Miguel Ángel Martínez Janáriz (Muruzábal, Navarra, 1964) en el ámbito de la literatura acaba de tener el refrendo de una primera publicación poética: el libro Pétalos blancos, “una puerta abierta a la esperanza y un canto a la naturaleza y al entendimiento entre los seres humanos”, en palabras del propio autor.

“Ramas, brazos, copas, nidos, / que os abrazáis en el aire / por qué os fundís con mi alma triste / por qué sois el desván de mis consuelos”, leemos en una obra donde paisaje y espíritu refundan líricas alianzas a la busca de savia nueva, en una suerte de “continuum” existencial. Y ello a pesar de las oscuras certidumbres que ofrecen realidad, sociedad y mundo: “Por eso el hombre / bordea la vida como un pájaro / arrastra la corriente de su alma / siente la paz como un derecho / proclama la guerra como un hereje / mientras se lava las manos de tanta inmundicia / con el carbón perverso del olvido”. Todo en el marco de una intensa dialéctica formal entre el verso libre y el heredado sentido del ritmo.

LIBROS RECOMENDADOS
POR LA
ASOCIACIÓN DE EDITORES DE POESÍA
2016

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1.- JARDÍN NUBLADO,

de Francisco Brines.

Edición de Juan Carlos Abril.

Editorial Pre-Textos, Colección “La Cruz del Sur” (Antologías),

nº 1.376.

228 páginas.

 

“Ante el jardín nublado”, perteneciente al libro de 1986 El otoño de las rosas, Premio Nacional de Poesía, es uno de los textos más memorables de Francisco Brines (Oliva, Valencia, 1932), autor adscrito a la promoción del 60 y una de las voces imprescindibles de la lírica española contemporánea, por lo que ha merecido el Premio Nacional de las Letras y el Premio “Reina Sofía” de Poesía Iberoamericana. Del citado título toma su nombre la presente antología, Jardín nublado, editada por Pre-Textos y cuyo responsable, el poeta, profesor y crítico literario Juan Carlos Abril, escribe lo siguiente en el breve y certero estudio que acompaña al volumen: “La herencia grecolatina (…) y su poética materialista que huye del idealismo trascedente y se afana por la experiencia sensible, aferrándose a sus signos, definen con precisión la obra de Brines”.

 

También lo hace la conciencia de lo efímero del ser humano, del tiempo que otorga y destruye, y la construcción del poema como espacio de evocación y conocimiento. Todas ellas constantes de una poética desarrollada a lo largo de siete libros –Las brasas, Materia narrativa inexacta, Palabras a la oscuridad, Aún no, Insistencias en Luzbel, El otoño de las rosas y La última costa-, ampliamente representados en esta antología, que se enriquece con un apéndice de diez “poemas de un libro inédito”. Ocasión perfecta para reencontrarse con textos fundamentales de Brines como “Mere Road”, “Palabras para una despedida” o “Cuando yo aún soy la vida”: “Y el pecho se consuela, porque sabe / que el mundo pudo ser una bella verdad”.

 


 

 

 

2.- BALADA EN LA MUERTE DE LA POESÍA,

de Luis García Montero.

Ilustraciones de Juan Vida.

Visor Libros,

Colección “Palabra de Honor” – Visor Poesía, nº 26.

72 páginas.

 

“La poesía ha muerto, es una noticia. Puede verse el cadáver mientras la gente huye de sí misma, mira hacia otro lado, evita contestar y un cielo color aguardiente pudre la pantalla.” Tal revelación se nos hace al poco de comenzar Balada en la muerte de la poesía, sorprendente libro con el que Luis García Montero (Granada, 1958) regresa al ámbito de la prosa poética, que había marcado con perfilado sello sus inicios en la literatura a través, precisamente, de su obra inaugural, Y ahora ya eres dueño del Puente de Brooklyn. Valeroso gesto de una voz consagrada y fundamental para entender la evolución de la lírica española en las últimas décadas; Premio Nacional de Poesía por su libro de 1994 Habitaciones separadas, y Premio Nacional de la Crítica en 2003 por La intimidad de la serpiente.

 

Si la poesía ha fallecido; si de hecho el sujeto poético mismo asiste al entierro al día siguiente de que los medios de comunicación de masas certificaran el óbito, cabe preguntarse cuál es “el vocabulario de esta muerte”: “Utilidad, mercantilismo, demanda, eficacia, nuevos tiempos, caracteres, prisa, cambio de época, ayer”. La ausencia de un papel relevante y transformador de la lírica en nuestro tiempo –“es el otoño del significado”- da pie a esta “balada” con espíritu de elegía, y cuya estructura en veintidós secciones depara, además de la concurrencia de los grandes maestros –Leopardi, Baudelaire, Rubén Darío o Lorca-, una escritura imaginativa, rica, muy despierta, enaltecida por pasajes tan brillantes como el IX –intenso su despliegue de ciudades amadas- o el XXII y último, con sus homenajes finales y su tono conmovedor.

 


3.- NO EN MIS DÍAS,

de Pere Gimferrer.

Fundación José Manuel Lara, Colección “Vandalia”, nº 70.

Grupo Planeta.

88 páginas.

 

“En sí, es el poema intemporal. / En sí, es el poema un temporal.” Dos versos que albergan una radiante paronomasia, y con los que Pere Gimferrer (Barcelona, 1945) parece resumir, en su esperado regreso lírico a la lengua castellana, su visión de la poesía como hecho artístico autosuficiente y, por ello mismo, capaz de generar una rozagante vida interior a caballo entre las emociones y un irreprimible y populoso acervo cultural. Muy reconocido representante de la llamada promoción “novísima”, Premio Nacional de Poesía en 1966 por su segunda obra –la célebre Arde el mar-, Premio Nacional de las Letras Españolas en 1998 y Premio “Reina Sofía” de Poesía Iberoamericana en 2000, Gimferrer ha entregado ahora a la imprenta No en mis días; el mismo año de la aparición de su más reciente poemario en catalán, Marinejant, pero cuatro después de la que había sido su última incursión creativa en castellano, Alma Venus, de 2012.

 

No en mis días es un libro concebido desde una fecunda contradicción: su título alude a un rechazo del tiempo presente y la realidad circundante que lo nutre –“Vivimos una noche de cariátides, / solemne, pero bufa y sanguinaria”-, y, pese a ello, el sujeto lírico, sabedor de que la inhibición es imposible, acaba articulando un inconformista discurso poliédrico en el que llegan a aparecer Julian Assange o Christine Lagarde; en el que la más rabiosa actualidad tiene cabida: “Los estafados / ¿merecieron adrede la estafa que hoy estalla en sus rostros, / espantasuegras de las fiestas patrias? / No darán sepultura al Sabbat de Suresnes”. La densa urdimbre de referencias cruzadas alcanza espacios de apogeo como “Too much Johnson”, y en el poema de mayor longitud, titulado “Teatro de sombras”, una cita del imprescindible Octavio Paz de “Piedra de sol” sirve de dinamo (“Madrid, 1937, Plaza del Ángel”). “Mordemos la bebida del relámpago”, escribe el autor, llevado por el amor y la pasión erótica, y ello interpreta la milagrosa relación entre lírica y tiempo, tan sutilmente aquilatada en el poemario: “el talismán del tiempo es el presente / prendido por el verso en alfiler”.

 


 

4.- GLORIA,

de Julio Martínez Mesanza.

Ediciones Rialp, Colección “Adonáis”, n.º 650.

64 páginas.

 

La antología Soy en mayo, publicada en 2007 por la editorial sevillana Renacimiento, había ofrecido una intensa panorámica de la creación debida a Julio Martínez Mesanza (Madrid, 1955), cuya ambiciosa “opera prima”, Europa, de 1983 y ampliada en sucesivas ediciones, puso a la crítica tras la pista de una posible dimensión épica para la reciente poesía española. Las obras posteriores del autor –Las trincheras (1996), Entre el muro y el foso (2007)- vinieron a esclarecer las auténticas intenciones de una poética bien singular, donde el gusto por la historia se convierte en enseñanza moral para nuestros días, desde una perspectiva judeo-cristiana tan recalcitrante como evocadora.

 

Tras casi una década de silencio editorial, y esta vez bajo el sello de la Colección “Adonáis”, el sucinto volumen titulado Gloria reúne los poemas de Martínez Mesanza escritos entre 2005 y 2016; poemas que llevan por bandera el endecasílabo blanco tan característico del autor, y que adoptan un tono de lirismo reflexivo capaz de generar el devenir hipnótico de “La hermosura para qué”, la emoción sencillísima de “Gino”, o cimas tan logradas como “Safo dieciséis” y “De los laberintos”. Culturalista con precisión de bisturí, Gloria –libro dividido en cinco pequeñas secciones- no desea sustraerse a la polémica ideológica: la oportunidad de un poema como “Jan Sobieski” podría discutirse, de igual modo que la mera concepción del otro titulado “Los carros de Kipur”. Por suerte, a pesar de la obsesión judeo-cristiana por la culpa, a pesar de que “el polvo y el desorden de esta tierra” no merezcan la hermosura, la gracia se torna humana, y por ello rabiosamente salvadora, en textos como “Por el infierno tibio”: “…porque no hay dirección si el ansia falta, / un poco de pasión en lo que haces / y llevar hasta el fin lo que pensabas”.


 

5.- JUEGO DE ESPEJOS,

de Carlos Guerrero.

Ediciones Vitruvio, Colección “Baños del Carmen”, nº 597.

128 páginas.

 

Nada más empezar su excelente prólogo a Juego de espejos, María Jesús Mingot aporta, sintetizadas, las claves creativas de su autor, el poeta nacido en Zamora y afincado en Málaga Carlos Guerrero, quien “ya había meditado en anteriores ocasiones sobre su experiencia del tiempo y sobre la vida cotidiana, sobre el paraíso perdido de la infancia, sobre la memoria, la soledad, el dolor, la ruptura de la unión del hombre con la naturaleza, y recurrentemente sobre el amor (…), y lo había hecho con un estilo propio y una voz bien definida, impregnada de un existencialismo que aquí se plasma en toda su profundidad”. Juego de espejos, efectivamente ese aludido “aquí”, supone para Carlos Guerrero el afianzamiento de una trayectoria poética que, en los últimos seis años, y principalmente bajo el sello de Ediciones Vitruvio, ha conocido una singular eclosión merced a Las horas descontadas, Los espacios vacíos, Bosque de eucaliptos, Certidumbre del invierno y El bosque ardido; obras que han ido conduciendo hasta esta nueva entrega, donde el “desengaño brutal de seguir vivos” resulta especialmente desolado y rotundo.

 

Como su mismo título ya da a entender, el espejo es símbolo máximo en estas nutridas páginas –nada menos que ochenta y seis poemas, repartidos en cinco secciones, se reúnen en ellas-; el espejo de quieta furia que transforma al sujeto lírico en despiadado retrato general de la condición humana (“Somos tristes muñecos / en manos de un destino aleatorio y cruel”), y de cuyo azogue nace la oscura reiteración de una tragedia: la soledad como fruto de la alienación del hombre y de la muerte de sus esperanzas (“La soledad que impera por todas las esquinas / ha cortado los puentes y enmudecido a Dios”). El pulmón lírico de la obra se estremece en su conmovedora tercera parte, “Amado desamor” –repleta de instantes de patético deslumbramiento-, en la glosa de cada prórroga que parece conceder el tiempo mismo, y en la dialéctica establecida entre la memoria y su reverso: “…para quedarme inmerso en la absoluta paz / que supone el olvido”.

 


6.- CARRUSEL,

de Ioana Gruia.

Visor Libros, Colección Visor de Poesía, nº 947.

XIV Premio de Poesía “Emilio Alarcos”.

72 páginas.

 

Curioso el caso de la poeta de origen rumano Ioana Gruia (Bucarest, 1978), no sólo vinculada estrechamente al territorio español –es investigadora y profesora de literatura comparada en la Universidad de Granada- sino dominadora absoluta de la expresión lírica en castellano. También narradora y ensayista, su poemario de 2011 El sol en la fruta había obtenido el Premio “Andalucía Joven”; ahora ve la luz Carrusel, obra ganadora en septiembre de 2015 del Premio de Poesía “Emilio Alarcos”, lo que supone la incorporación definitiva de Gruia al panorama actual del verso en nuestro país.

 

A pesar de cuanto su título pudiera sugerir, Carrusel no es un libro hipnóticamente circular; al contrario, a lo largo de sus cinco partes –la denominada igualmente “Carrusel”, “Huellas de un animal sobre la nieve”, “Fisuras”, “Una forma de bondad” y “La casa poema”- cabe descubrir una linealidad trazada desde la evocación de los primeros años –“Una niña muy seria, / en la antigua avenida de mi infancia, / me visita en los sueños. / ¿Qué has hecho de mi vida?, me pregunta”- hasta el sentimiento de la maternidad, que brillantemente desemboca en la idea de la poesía como refugio –“Me gustaría que habitaras este poema / como habitas mi vientre. / Que fuera para ti una casa”-. Y si la sección titulada “Fisuras” resulta algo más turbia y patética, “Una forma de bondad” vira sensiblemente hacia el amor, con soneto incluido (“Tu risa”). Es el vitalismo lo que mueve el corazón de Carrusel, como puede apreciarse en el poema “El girasol”: “Ningún consuelo en el dolor antiguo. / Sólo la luz es cicatriz posible. / Tráeme el girasol”.

 

 


7.- PALABRANDO,

de Emilio González Martínez.

Ediciones Vitruvio, Colección “Baños del Carmen”, n° 614.

74 páginas.

 

Emilio González Martínez (Buenos Aires, Argentina, 1945) es uno de los más relevantes poetas iberoamericanos afincados en España, donde reside desde 1977. Psicoanalista de gran prestigio y prolífico articulista y ensayista en la materia, sus poemarios iniciales –El otro nombre, Tragaluces, Hojas debidas– dieron noticia de una voz serena y honda, indagatoria y de rica expresividad. En 2014, un libro de lúdica sistemática y poderosas intuiciones, Escoba de quince –abecedario de la poesía-, rompió un silencio editorial de más de una década, y ahora, de nuevo bajo el sello de Vitruvio, ve la luz el cuajado vértigo de Palabrando, su obra quizá más decididamente personal.

 

Ya en la suerte de autorretrato que sirve de obertura al libro, “Leyenda personal”, leemos una declaración sustantiva: “toda la vida / ¡qué pequeña parece frente a las letras!”. Así, el discurso de Palabrando camina verso a verso sobre el alambre lírico, en un arriesgado equilibrio entre vida y lenguaje que parte de la afirmación identitaria –“Si algo hay que gritar seré del Sur / frente al norte del lamento monetario / y la técnica perfecta para sonreír”- y se hace fuerte en los predios del amor, cuya pasión erótica culmina en el extraordinario poema “A tu amor único o no único”. No es Palabrando una obra de desalientos: “Sobrevivo, / por ahora, / a la tierra y al cielo. // Soy todo amanecer”. Y ello pese a la asfixia a la que puede someter la conciencia del lenguaje como arma colonizadora de la realidad y del propio yo –“Dónde esconder mi nombre / para que no me encuentre”- y, al mismo tiempo, el vértigo que produce la mera sombra de su ausencia –“Y cómo me llamo / cuando nadie me nombra”-.

 


 

8.- CORTEZA DE ABEDUL,

de Antonio Cabrera.

Tusquets Editores,

Marginales, n° 293. Colección “Nuevos textos sagrados”.

112 páginas.

 

Una cita inicial de Théophile Gautier pone adecuadamente sobre aviso a los lectores de Corteza de abedul: “Je suis un homme pour qui le monde extérieur existe”. Mirar ese mundo exterior, y capturarlo poéticamente en su infinidad de matices, es el reto que se impone el poeta andaluz, aunque afincado en la Comunidad Valenciana, Antonio Cabrera (Medina Sidonia, Cádiz, 1958) con este nuevo libro de su autoría, después de que en 2014 la antología Montaña al sudoeste resumiera todo un primer tramo creativo, con cuatro poemarios en su haber: En la estación perpetua (2000, Premio Internacional de Poesía “Fundación Loewe” y Premio Nacional de la Crítica), Tierra en el cielo (2001), Con el aire (2004) y Piedras al agua (2010).

 

“Traje a casa corteza de abedul / para tener al lado, junto a todo lo mío, / una cosa que fuera lo contrario / a mí.” De este modo el sujeto poético inicia un viaje de la mirada en el que irá de sutileza en sutileza, incurriendo quizá en algunas piruetas de pensamiento y episódicas densidades, pero con la certidumbre de que la emoción se verá resarcida por los alardes del agudo observador –“qué suavemente limpia / la zona de no ser / que hay alrededor de lo que existe”-, y así podemos comprobarlo por extenso en el poema titulado –con el casi intraducible verso de Virgilio en La Eneida– “Sunt lacrimae rerum”. Y si “las cosas llegan a sentir desvalimiento”, aún más relevante se antoja “¿cómo pasan al poema las cosas que suceden?”, en un mantenido afán de aprehender su esencia, ya en perpetua fuga, ya en apoteósica estampa: “¿cómo voy a rozar siquiera el mundo / mientras está reverberando entero?”. El sencillo y hondo fervor llega en textos como “Oración”, y en pasajes de luz disolutiva: “Mi mano no era nada. Yo fui nadie”.

 


 

9.- ADAGIO PARA UN SILENCIO,

de Blanca Sarasua.

Ediciones Vitruvio, Colección “Baños del Carmen”, nº 572.

96 páginas.

 

La concesión en 2008 del Premio Internacional de Poesía “San Juan de la Cruz” a la obra Música de aldaba puso de relieve la, ya por entonces, destacada trayectoria de Blanca Sarasua (Bilbao, 1939), galardonada igualmente con el Premio “Ernestina de Champourcín”, y cuyo primer poemario, Cuando las horas son fuego, data de 1984. Posteriormente, trabajos como El cerco de los pájaros, Ático para dos, Ballestas contra el miedo, Rótulo para unos pasos, Coyunda recia o Baciyelmo vinieron a consolidar una voz lírica que se cuenta entre las más importantes surgidas durante las últimas décadas en el País Vasco. Adagio para un silencio, la obra que ahora aparece bajo el sello de Vitruvio, corrobora tal apreciación.

 

Si el jurado del Premio “San Juan de la Cruz” ya destacó en Música de aldaba el uso de un leguaje despierto, y a veces de una sorprendente novedad, aquí cabe hacer lo propio –“qué sano el soliloquio para un rato / de buena cobertura, / ¿y si me reinicio?”; “aún conservo el email de mi hada madrina”-. Algo nada baladí, habida cuenta de que nos encontramos ante un poemario con trasfondo elegíaco, dominado por el sentimiento de la ausencia –“…no hay manual de instrucciones / para la soledad”-, y que se inicia con un hallazgo conmovedor: “Buenas tardes, silencio, / cómo me has encontrado”. No obstante, la postura del sujeto poético rechaza la tragedia y el miedo –“tendré que asesinarte”-, persigue una fecunda alianza entre el silencio y la música, constata la realidad circundante a través de frescas revelaciones –“Este mar que vocea mi nombre / sabe mucho de mí. / Nos lo hemos dicho todo”-, y, sin perder la capacidad para la sorpresa –“sorprenderse es vivir”-, se abona con lucidez a la ilusión –“Qué bien viajas conmigo, soleada esperanza. / Yo, subida al estribo del vagón de tercera / y tú en primera clase”-. Blanca Sarasua acierta a componer en Adagio para un silencio una partitura vibrante de afirmación y fe líricas: “Sembrar una semilla por si crece, / regarla con metáforas. / Quién sabe”.

 


 

10.- POESÍA SOBRE TODO:

101 TENTATIVAS DE JACO LIUVA,

de José Luis Pérez Fuente.

Editorial Poesía eres tú. Colección “Poesía eres tú”.

180 páginas.

 

Poesía sobre todo: 101 tentativas de Jaco Liuva ha supuesto la entrada en el ámbito de la creación literaria, y obviamente también en el panorama editorial de hoy, de José Luis Pérez Fuente, quien, no obstante, ya contaba con una amplia experiencia en la redacción y publicación de obras didácticas, resultado de su doble condición de maestro especialista en Lengua Francesa y Educación Física, y también de profesor de Lengua castellana y Literatura, con más de tres décadas de docencia a sus espaldas.

 

Este poemario inaugural de Pérez Fuente sobresale por su generosa amplitud, y aún más por la diversidad de enfoques, algo en lo que se adivina una ambición totalizadora con sus juegos de formas y su variedad de estructuras. La precisión léxica no está reñida con la ironía en momentos particularmente brillantes, como cuando al sentimiento amoroso se le aplica la lupa de la lucidez; así nos encontramos con “Domótica sensible”, un poema sumamente ingenioso en el que los alardes tecnológicos de nuestra época nada pueden ante el vértigo del amor. Otra faceta irónica es la que nos muestran textos como “Murió de invisibilidad”, repaso por las formas en que uno puede pasar absolutamente inadvertido en nuestro tiempo. Con todo, la preocupación por el ser humano se desnuda de juegos en pasajes de capital importancia: “Escuché / los nombres del miedo / y eran los del dolor del hombre, / de la sumisión y de la ausencia. // Eran los nombres del hombre”.


 

11.- LA METÁFORA DEL CORAZÓN,

de José Pulido.

Ediciones de la Diputación de Salamanca,

Serie Lengua y Literatura, nº 38.

III Premio Internacional de Poesía “Pilar Fernández Labrador”.

88 páginas.

 

Verso a verso desde 1983, la trayectoria creativa del periodista andaluz, aunque afincado actualmente en Ávila, José Pulido (Jaén, 1958) se ha edificado con el buen hacer de una progresión incontestable. Trabajos como Viejos rituales, La ciudad y la reina, Movimiento circular, El corazón disperso y, significativamente, La línea de la vida, Premio Internacional de Poesía “San Juan de la Cruz” en 2013, han jalonado un seguro caminar, que ahora vuelve a verse reconocido con un destacado galardón: el III Premio Internacional de Poesía “Pilar Fernández Labrador” –obtenido “ex aequo” con la escritora mexicana Ingrid Valencia-. Ello ha conllevado la publicación, por la Diputación de Salamanca, de La metáfora del corazón, obra con la que el autor ensancha y profundiza su decir lírico, su cantar.

 

“En La metáfora del corazón, José Pulido convierte el latido del corazón de los hombres en un verdadero signo universal. Signo de la vida frente a la muerte. Signo de la música, del ritmo, de la armonía. Signo sobre todo del tiempo.” Palabras acertadísimas de Carlos Aganzo en su prólogo al poemario, donde las piezas amplias predominan e imprimen un carácter textual evolutivo, como el inaugural “Fundación del calendario” y su rotunda declaración de apertura: “Acepté la herida del instante y su belleza, / los preceptos del recuerdo.” El característico verso armónico y ritmado cede llamativamente su protagonismo en dos textos: “Tapiz” y “El tiempo de la poesía”, prodigioso poema en prosa, suerte de hermanamiento lírico entre nuestro Jorge Manrique y el azteca Nezahualcoyotl, cuya emoción sencilla e intensísima captura la esencia de todo un libro: “Más allá del tiempo y la distancia, sobre un abismo nunca atravesado, en el corazón de su lengua, dialogan los poetas sobre el mismo dolor, la misma herida, la lucidez sin descanso de ser hombre”.

 


 

 

12.- EL AMOR ES LO DE MÁS,

de Alberto Cuenca Serrano.

Editorial Poesía eres tú. Colección “Poesía eres tú”.

88 páginas.

 

Un juego de palabras nos da la bienvenida a este libro desde su mismo título, El amor es lo de más. E, indudablemente, Alberto Cuenca Serrano, escritor nacido en Madrid y diplomado en Magisterio por la Universidad Complutense, saca provecho a esa perseguida ambivalencia acerca del papel del amor en la vida de los seres humanos -¿papel principal o secundario?- merced a un trabajo poético de notable frescura expresiva, donde la narratividad suele fluir hacia un tono irónico que no excluye directamente el sarcasmo, como ocurre en el poema “14 f. San Valentín”: “Otro San Valentín, pongámosle precio al amor, / la hipocresía está de oferta”.

 

En efecto, es quizá en la sátira donde El amor es lo de más alcanza sus mejores momentos, y el texto titulado precisamente así, “Sátira”, incide en un humor corrosivo y al cabo demoledor: “Hemos corrido tanto… Piso, boda, hijos, / que cuando nos hemos querido conocer / ya no teníamos ni tiempo ni ganas. / Por cierto, / ¿cómo decías que te llamabas?” El amor, en fin, como una ponzoña, como un filtro tan eficaz como venturosamente necesario: “Miénteme, / cuéntame mil cuentos, / no se te ocurra decirme lo que ya sé, / porque entonces no tendré más remedio que dejarte” (del poema “Dame veneno, pero no me enseñes el frasco”).

LIBROS RECOMENDADOS
POR LA
ASOCIACIÓN DE EDITORES DE POESÍA
2015

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1.- DESAPRENDIZAJES,
de José Manuel Caballero Bonald.
Editorial Seix Barral, Colección “Los Tres Mundos” – Poesía.
128 páginas.

“No voy a escribir nada más”, aseguró José Manuel Caballero Bonald (Jerez de la Frontera, 1926) justo tras la publicación en 2012 de su ambiciosa autobiografía poética Entreguerras, y pocos meses antes de ver coronada su magistral carrera literaria con la obtención del Premio Cervantes de ese mismo año. Por fortuna para la lengua castellana, el escritor andaluz decidió no cumplir su inicial propósito: entre marzo de 2013 y diciembre de 2014 compuso los noventa y un poemas en prosa que, con el título global de Desaprendizajes, al cabo han visto la luz en marzo de 2015.

Desaprendizajes supone un hito más de Caballero Bonald en su particular visión estética, por largo tiempo desarrollada y defendida; de hecho, el idioma es empleado aquí con tal riqueza y densidad -extrema en fragmentos como “Elogio de lo irreal”- que el lector, en ocasiones, puede sentirse de vuelta a la exuberancia lingüística de obras tan paradigmáticas como la novela Ágata ojo de gato, ambientada en la Argónida con la que el escritor ha recreado sistemáticamente sus dilectos paisajes del Coto de Doñana. A través de un poema en prosa como “Mater terra”, Argónida vuelve a hacerse presente en este nuevo libro cuyas preocupaciones, sin embargo, giran más bien en torno al valor de la escritura, y a una necesaria refundación de la realidad por medio del idioma, de su “nutrición interna”, de la “secreta actividad de las palabras, que no depende más que de su capacidad penetradora en el solar de lo desconocido”; y ello aunque resulte “difícil y acongojante desaprender lo aprendido hasta alcanzar la disyunción consoladora que retrotrae al seno prenatal de los acontecimientos”. Fragmentos como “Idioma de Poseidón”, “La mesa en la que escribes tiene un boquete atroz”, o esa suerte de “credo laico” titulado “Antídotos que el tiempo inutiliza”, pueden ya contarse entre los mejores logros poéticos de un maestro que, pese a no olvidar el prosaico mundo circundante merced a su acendrado compromiso cívico (“Vuelve a oírse el tropel irremediable de clérigos, prebostes, patriotas convenientemente adiestrados en la eliminación de discordantes”), no vacila en enfrentarse al pesimismo cuando ello resulta imprescindible: “…la alegría consiste en una vinculante apelación a la vida.”



2.- TERRITORIOS BAJO VIGILANCIA (Poesía reunida),
de Diego Doncel.
Visor Libros, Colección Visor de Poesía, nº 895.
244 páginas.

En el contexto de la moderna poesía española, y para entender cabalmente el singular carácter de su evolución artística, pocas trayectorias se antojarán más susceptibles de recopilación que la del autor extremeño Diego Doncel (Malpartida de Cáceres, 1964), a cuyo corpus poético acaba de añadirse un quinto trabajo, El fin del mundo en las televisiones, reciente ganador del XXVIII Premio “Tiflos”; nueva publicación tras el muy acertado lanzamiento de su poesía reunida, Territorios bajo vigilancia, donde sus cuatro poemarios anteriores trazan, cada vez más intensamente, y en palabras del propio Doncel, “una aventura radical del pensar y del sentir”.

Si El único umbral, inaugural entrega con la que el autor obtuvo el Premio Adonáis en 1990, representó, según el profesor, crítico y antólogo José Enrique Martínez, una “indagación en lo absoluto”, una “meditación sobre la vida desde el umbral de la muerte” (“…la vida con la muerte, la muerte / con la vida, confiadas. Dulce placer / de estar así tornado, con todo en alianza, / con estas claras manos y el sendero / tan cierto del amor”), Una sombra que pasa, de 1996, supuso el surgimiento de la desconfianza y la incertidumbre (“Igual que caen los días así sobre esta tierra / está cayendo la angustia sobre mi corazón”), además del arraigo de una oscura conciencia a propósito del sinsentido de la vida (“…al corazón / del hombre tras la muerte sólo le queda / el consuelo de no volver a pisar / esta tierra maldita”). “Todo es como una pobre metafísica que cansara”, llega a afirmar Doncel, y de ahí la conclusión del rapto metafísico a partir de su tercera entrega, En ningún paraíso (2005), con su ensanchamiento del universo referencial y su decidida incorporación del paisaje urbano; obra donde las ironías acerca de los lenitivos ofrecidos por la sociedad moderna para mitigar la angustia existencial no ocultan la posibilidad de salvación a través de la literatura, como lo demuestra el fabuloso poema “El lector de Montaigne”. Finalmente, Porno ficción (2011) constituye la evolución de la poesía de Doncel hacia su hoy muy patente inquietud social y cívica, en el marco de una realidad sometida a la sobreabundancia de información y a los simulacros generados por el consumo: “Nosotros no pensamos, nosotros consumimos pensamientos”.



3.- SABER DE GRILLOS,
de Vicente Gallego.
Visor Libros, Colección Visor de Poesía, nº 893.
XIII Premio de Poesía “Emilio Alarcos”.
92 páginas.

En palabras de Carlos Marzal, Vicente Gallego (Valencia, 1963) “ha viajado, en su aventura literaria, desde la poesía de la experiencia hasta la experiencia de la poesía entendida como una aventura verbal de la conciencia del mundo”. Incluso más allá de eso, ya desde la aparición en 2008 del libro Si temierais morir puede advertirse un punto de inflexión en la poética del autor: la dolorosa preocupación por la existencia del ser humano ha quedado trascendida por una suerte de intensa comunión con el universo, de manera que cada destino individual se resuelve sin duelo en un cosmos que todo lo contiene, lo explica y lo celebra, en su constante génesis. Fiel a tal presupuesto, Saber de grillos, XIII Premio de Poesía “Emilio Alarcos”, representa, en 2015, un paso más en el camino de Vicente Gallego hacia el éxtasis de una lírica que renueva, con acentos de modernidad, el ardor de los místicos. No en vano, en el poema titulado “Teología” leemos: “Y que pueda salvarnos / una brizna de hierba. // Esta verde de aquí, / la que me ama”.

Setenta y ocho poemas -entre los que se cuentan páginas tan vibrantes como “Soltura”, “Oír el gallo” o “Don de lágrimas”- conforman este Saber de grillos donde justo la figura de tan cantor insecto aúna, en palabras nuevamente de Carlos Marzal, “lo minúsculo y lo inmenso, lo lejano y lo próximo, lo palpable y lo invisible”; setenta y ocho poemas que en absoluto abocan a una notoria longitud, pues la obra se halla presidida por un coherente sentido de la concisión a tenor de lo afirmado por el propio sujeto poético, en una pieza significativamente titulada “Obediencia”: “No pretendo abreviar, es que me abrasa / esta brasa del canto entre las manos”. La fecunda asunción del dolor, característico de la condición humana (“Si no doliera así, ¿cómo podría / ser todo tan hermoso?”), origina, bajo los postulados de Gallego -que vienen propiciando una de las propuestas más hermosas del actual panorama lírico-, la salvación por la contemplación extática (“Ríndete, corazón, / que reina la belleza arrasadora”) y por el amor como secreta dinamo del mundo: “…este mal del que muero es la alta ola / de amor correspondido”.



4.- ULISES NUNCA VOLVIÓ A CASA,
de Alfonso Berrocal.
Ediciones Vitruvio, Colección “Baños del Carmen”, n.º 479.
64 páginas.

Se esperaba con gran interés el nuevo trabajo de Alfonso Berrocal (Madrid, 1973), poeta que viene construyendo una sobresaliente obra lírica desde la segunda mitad de la década de los 90. A los libros aparecidos entonces -Al pie de las estatuas, Asceta- se sumó en 2006 La habitación del huésped, cuya hondura vino a confirmar el trazo deliberadamente despacioso de una carrera cimentada también en los necesarios y fértiles silencios. Nueve años después, en 2015, ve la luz Ulises nunca volvió a casa, breve e intensa entrega que sigue abriéndole camino a uno de los argumentos consustanciales a la lírica de Berrocal: la imposibilidad del arraigo.

Dividido en cuatro secciones -”Trampas de luz”, “Estado del lugar”, “Un barco a lo lejos” y “The man of the crowd”-, la nostalgia -“trampa de luz”, según formula el autor-, la sutil añoranza de los poemas iniciales pronto revela su naturaleza genuina (“Hambre de luz nos lleva / y distrae y nos pierde / y esa luz nos devora / hasta que la extinguimos”) y su incapacidad para mentirnos indefinidamente: (“Blanco, así de blanco es tu reino, / la nada de los mapas, nadie, / espuma.”) En consonancia con su mismo título, Ulises nunca volvió a casa también es un poemario sobre la intemperie, entendida como la destemplanza y zozobra del errabundo destino de los seres humanos entre sus semejantes, tantas veces ajenos (“…piensa que seguirás descalzo por los caminos, / por las calles donde el signo es confuso / y no hay nadie”). Sólo el amor, no por azaroso menos recio, le servirá de íntimo paisaje a la esperanza: “Un desnudo así / no podrá apagarse del todo / ni morir nosotros de piel a oscuras”.


5.- EVA TENDIENDO LA ROPA,
de Sandro Luna.
Editorial Pre-Textos, Poesía, nº 1.326.
XXVIII Premio Internacional de Poesía
“Antonio Oliver Belmás”.
76 páginas.

Licenciado en Filosofía por la Universidad de Barcelona, con estudios complementarios en Filología Hispánica, Filología Catalana e Historia del Arte, y profesor de secundaria, la creatividad poética del escritor catalán Sandro Luna (L’Hospitalet de Llobregat, 1978) comenzó a trascender en 2007, y ya en 2010 mereció el XXXI Premio “Arcipreste de Hita” con el poemario ¿Estamos todos muertos?. Ahora le ha sido concedido otro relevante galardón, el XXVIII Premio “Antonio Oliver Belmás” del Ayuntamiento de Cartagena, con Eva tendiendo la ropa, título asimismo del antepenúltimo poema de una obra de extrema concisión -cincuenta y cuatro brevísimos textos la componen-, y que tiene bien presentes los últimos hallazgos de Vicente Gallego en lo que atañe a una celebración lúcida del mundo: “Tengo mi corazón / despierto como un faro. // Dentro de mí, / la noche. // Y todo se celebra.”

En la propuesta de Sandro Luna, la paz del yo lírico funda decididamente el laconismo deslumbrador del canto, como el poema titulado “Corazón” pone de manifiesto sin ambages: “Estoy en lo que miro, / y nada veo. / Esta paz es la mía.” La fusión del ser humano con el universo al que pertenece es de tal envergadura (“Me he perdido a mí mismo / y todo lo que encuentro me señala”) que el amor surge en el discurso con totalizadora espontaneidad: “Amor, amor, amor. // Que pueda así cumplirse / la vida con tan poco.” Sin mayores cuitas metafísicas ni esperanzas infundadas (“Tu reino es este mundo, / te engañas si tu empeño es discutirlo”), la aceptación de lo efímero parte de una brillante premisa: “Nada sabe la muerte que no sepas.” Y así, la liberación del espíritu por el despojamiento cifra el destino humano en la contemplación de la hermosura más allá de la vida: “He visto sin ser visto. / Sólo había belleza. / Y yo la alimentaba con mi muerte”.


6.- SERVICIOS INFORMATIVOS,
de Manuel de la Fuente Vidal.
Ediciones Vitruvio, Colección “Baños del Carmen”, nº 501.
96 páginas.

Durante más de dos décadas, Manuel de la Fuente Vidal (Madrid, 1959) se ha labrado un sólido prestigio como periodista, en la siempre destacada sección de cultura del diario “ABC”. Ello no debe hacer olvidar una importante faceta creadora en el ámbito de la poesía -objeto, además, de su atención entregada y diversa en su quehacer como redactor-. En lo que a la publicación atañe, dicha creatividad ha tenido, hasta el momento, un único pero extraordinario testimonio: la obra Servicios informativos, con la que en 1995 cosechó el Premio de Poesía “Gerardo Diego” de la Diputación Provincial de Soria. Veinte años después, y con sumo acierto, Ediciones Vitruvio ha decidido recuperar para los lectores de hoy un trabajo cuyo primer valor, en palabras de Víctor García de la Concha, “consiste en el hallazgo de su estructura formal: la de un diario hablado”. Un diario hablado, no obstante, de ardorosa expresión y lirismo vertiginoso.

En los Servicios informativos de Manuel de la Fuente -dominados por una escritura torrencial, que toma cuerpo en poemas de notable extensión- el amor o el desamor y los hitos de la actualidad se funden indisolublemente, con la terrible Guerra de los Balcanes en primer plano a la sazón; de ahí las continuas referencias al conflicto, y la inclusión de un fabuloso poema en homenaje a la pareja de Sarajevo (serbo-bosnio él; musulmana ella) asesinada por francotiradores serbios, cuando ambos pretendían huir de la ciudad. El “cierto aire social, denunciante y hasta algo reivindicador” que De la Fuente señala sobre su obra -en el excelente prólogo por él mismo escrito-, junto a una voluntad de renovación expresiva acuñada en el vórtice periodístico, convierten cada gesto lírico en una exuberante amalgama: “…había subido el precio de los besos en el mercado negro / y miles de parados se alistarán de pronto / en la legión extranjera del amor…”. El desaliento insoslayable (“…y veo la esperanza / escabullirse entre la gente / como un inmigrante sin papeles”) no resta pundonor a un sujeto poético combativo, lleno de fuerza regeneradora, que “espera que alguien se haya dejado / olvidada una dosis / una mínima dosis de esperanza / en el cajón de la mesilla”.


7.- AMAR ES DÓNDE,
de Joan Margarit.
Visor Libros,
Colección “Palabra de Honor” – Visor Poesía, n° 25.
128 páginas.

“Si el poema conmueve lo hace a través de la vida del lector o de la lectora”: así lo afirma el propio Joan Margarit (Sanaüja, La Segarra, Lleida, 1938) en el epílogo de Amar es dónde, y así puede volver a apreciarse en este nuevo poemario de su autoría, que llega después del Premio Nacional obtenido en 2008 por el excelente Casa de misericordia (2007), y tras los libros Misteriosamente feliz, de 2009; No estaba lejos, no era difícil, de 2011; y Se pierde la señal, de 2013. La fecundidad de Margarit se sustenta en la cuajada energía de su voz, con la que dota a sus obras de una fascinante homogeneidad por encima de la diversidad temática, y se cifra en la aludida alianza emocional con los lectores, caja de resonancia para un estilo de palabras justas y sutiles verdades.

Sin que deba olvidarse el peso de las herencias históricas ni tampoco las inquietudes cívicas de Margarit, todo un universo propio que vuelve a comparecer en estas páginas –“Salvar la lengua me ha dejado / a merced de una gente que es la mía”-, Amar es dónde, en buena medida, se postula como un estudio lírico sobre el arraigo: “Amar es un lugar. / Perduro en lo más hondo: es de dónde venimos. / Y también el lugar donde queda la vida”. Arraigo que se constata en lances de mirada sencilla –“Tanto han crecido en el jardín los árboles / que nos dan la medida del pasado”-, incluso en la más dolorosa desposesión –según comprobamos en “Tarde de lluvia en el patio”, dedicado nuevamente a Joana, la hija perdida-, y que propicia el surgimiento de poemas como “Niebla” o el deslumbrante “La época generosa” –“…La vida se alimenta de días generosos. / De dar y proteger. / Si se ha podido dar, la muerte es otra”-. Idea sutil de pertenencia y perduración a través de lo amado, cuya luz no radica en la deserción del entorno –“Suele, en los refugios, / hacer más frío que en ninguna parte”-, sino en la lucidez de propuestas como “Albada”, donde, en un solo abrazo, cantan la culpa, la tristeza, la soledad y la ausencia. “…Recupero / el viejo impulso, el rayo luminoso / en esta oscuridad en la que amar es dónde”: comprometido aliento que, según lo acostumbrado –Margarit es poeta en lengua catalana, pero laborioso autor igualmente de la versión castellana de sus versos-, compone un sostenido y enriquecedor díptico bilingüe.



8.- VIDA SECRETA,
de Javier Rodríguez Marcos.
Tusquets Editores,
Marginales, n° 290. Colección “Nuevos textos sagrados”.
80 páginas.

Los vínculos con la literatura de Javier Rodríguez Marcos (Nuñomoral, Cáceres, 1970) desbordan su conocido trabajo como periodista cultural en el diario “El País”; atañen directamente a la creación y tienen como afán preponderante precisamente el universo de la poesía. Los libros titulados Naufragios, Mientras arden y Frágil, Premio “Ojo Crítico” de Radio Nacional de España en 2002, trazaron el camino hasta Vida secreta, una obra deliberadamente austera, cuya desnudez no es óbice para ocasionales digresiones en forma de inesperados desarrollos, pero dominada por un sentido del verso que busca la iluminación en la máxima concentración –de lo que resulta ejemplo perfecto un poema como “Rito”-.

Si “las palabras son / animales salvajes”, según proclama el inicio de la obra, pareciera que Vida secreta buscase sólo la fiereza justa en su expresión. Somos “nostalgia y cirugía”, leemos en el poema “Ya lo sé, la memoria”: memoria del “paraíso” de los primeros años; conciencia de los afanes del lírico por salvar la verdad trascendida (“Si todas las señales las ha borrado el tiempo, / yo las recuerdo ahora”). Y si en composiciones como “La casa de la herida” resuena el caos del vivir, su dureza no ciega una mirada de miedo desmantelado, de completas verdades –“Vivo en esta burbuja de daño y de belleza”-, de celebración incluso: “Tiene suerte mi mano. / Cinco millones de años / de evolución / para llegar a un hueco / perfecto para una manzana”.


9.- GARCÍA,
de Pablo García Casado.
Visor Libros, Colección Visor de Poesía, nº 901.
56 páginas.

Destacado nombre entre los surgidos recientemente desde la ciudad de Córdoba, la nueva poesía de nuestro país tiene en Pablo García Casado (1972) a una voz preocupada por la posición del ser humano tanto en el ámbito privado como en el público. Así lo demuestra rotundamente en la colección de prosas poéticas dada a la imprenta bajo el título de García, breve libro que llega tras Las afueras, El mapa de América, Dinero y la reunión de dichos tres poemarios en el volumen Fuera de campo, llevada a efecto por la Editorial Visor en 2013. “Tres vocales, tres consonantes (…) La única certeza que dejaré a mis hijos”: el apellido García, en efecto, queda consagrado en la nueva entrega poética del autor como una metáfora doble y paradójica de comunidad e individualidad.

Las dos partes del libro, “Yo soy mi padre” y “Turn”, contrastan en las aludidas visiones: la primera se centra en lo privado, en lo personal y lo familiar, y de ahí que en ella palpite el lirismo sutilmente intenso de poemas como “Todo sobre mi padre”, “Celebración” y “Cover”; la segunda no desdeña ni la política, ni la interminable crisis económica y sus consecuencias, ni el compromiso cívico. La dialéctica establecida propicia los notorios hallazgos de la definición de “soledad verdadera” –“La de estar a los pies de la cama de tu hijo. La de estar a los pies de la tumba de tu padre. La de no saber qué número marcar. Ni para qué”- o la formulación de un sencillo y revelador desiderátum –“No quiero pagadores ni beneficiarios. Sólo un pacto civil con la naturaleza. No el ajuste de cuentas, sí la esperanza”-.



10.- TRAS LA DÉCIMA COMPUERTA,
de Mario Zunzarren.
Ediciones Vitruvio, Colección “Baños del Carmen”, n.º 540.
84 páginas.

Articulista y ensayista de prestigio, Mario Zunzarren Angós (Pamplona, Navarra, 1957) ha desarrollado paralelamente una importante labor en el campo del verso. Después de tres libros iniciales –Blanca mar entre silencios (2005), Despiértame en primavera (2007) y Pata negra (2008)-, la obra titulada Hablando en plata, de 2012, significó su inclusión en el catálogo de Ediciones Vitruvio, a la que ahora sigue un poemario verdaderamente singular, una propuesta sumamente llamativa en el contexto poético del año 2015, Tras la décima compuerta, cuya excepcionalidad queda bien glosada, de forma concisa y certera, por Luis Antonio de Villena en el prólogo a esta nueva publicación: “Es difícil hacer un libro sobre reclusos y penas. Se puede ir por estampas de realismo sucio, pero Mario Zunzarren ha preferido el monólogo lírico que mueve a la compasión (…), es decir, a intentar entender. (…) Mario Zunzarren ha sido valiente en un tema difícil, más que atinadamente resuelto”.

Si la “décima compuerta” del título constituye una referencia palmaria al aislamiento, a la pérdida de la libertad y al peso de la reclusión, lo que el autor despliega tras ella es un inteligente “continuum” capaz de armonizar la casuística de cada una de las historias con un fresco eminentemente lírico de estados del alma. “Ensoñación”, “Resignación”, “Arrepentimiento”, “Soledad”, “Angustia”, “Frustración” o “Desaliento” son algunos de los treinta poemas de un libro cuyas vetas de narratividad participan igualmente de la expresión incisiva que alcanza el poder del deslumbramiento: “Libertad, o te quiero entera con todo / o no te quiero con nada”.


11.- LOS DONES DEL OTOÑO,
de José Cereijo.
Editorial Pre-Textos, Colección “La Cruz del Sur”, nº 1.358.
96 páginas.

La obra del escritor gallego afincado en Madrid José Cereijo (Redondela, Pontevedra, 1957), integrada por cinco poemarios y una colección de relatos, se ha caracterizado siempre por la pureza y una emoción máxima. Su entrada en el catálogo de la Editorial Pre-Textos se produjo en 2003, con el tercero de sus libros de poesía, los haikus que formaron La amistad silenciosa de la luna; Música para sueños llegó en 2007 y por fin, ocho años después, Los dones del otoño ha venido no sólo a confirmar la maravilla del quehacer de Cereijo, sino también a dotar a su estilo de una naturalidad en la expresión surgida directamente desde el continuo deslumbramiento.

Ya en los primeros compases encontramos un poema de inapelable hermosura e imperecedera vida, “La aparición”; y si bien es cierto que la adoración amorosa no se constituye en médula global, sí marca la temperatura emotiva de un libro donde la conciencia de la muerte se aleja de la angustia y acaba logrando ser aprendizaje del silencio (“Estas palabras / las estás escribiendo para otro / que no se revela, que es sólo / el silencio que las acoge…”), del despojamiento (“Acostumbra a las manos / a acariciar, no a aferrarse…”) y de las paradojas existenciales (“…todo es irrepetible, y a la vez / nada importa”). La nueva entrega lírica de José Cereijo, llena de melancolía y fervor, jalonada de hitos como el poema señalado o aquel otro en que se anhelan las palabras definitivas cual si se estuviese “delante de Dios” (“…quizá valdría la pena / morir, sólo por eso”), otorga a la estación otoñal el significado de una apaciblemente undosa revelación: “Los dones del otoño / van estando contigo: la tierna luz cansada, / la silenciosa gloria del paisaje, / la familiar torpeza, la intimidad con lo que muere”.



12.- SOPORTAR LA NOCHE,
de David Minayo.
Ediciones Vitruvio, Colección “Baños del Carmen”, nº 518.
126 páginas.

En el prólogo de Soportar la noche, Benjamín Prado describe a su autor como “un poeta con buen gusto en la mirada y habilidad en las manos (…) una sirve para lograr ver lo que no debe pasarse por alto; la otra, para contarlo de manera que no se nos olvide”. De ambas virtudes David Minayo (Madrid, 1981) hizo gala ya en su primer libro, El amor en tiempo de los desguaces de coches (2014), profundizando en ellas sólo un año después merced al ahora aparecido Soportar la noche, sustancial salto adelante en la aún breve trayectoria de esta interesantísima voz de la nueva poesía de nuestro país.

Las recientes creaciones de David Minayo –sesenta y tres poemas se agrupan en su segunda obra- van más allá de la inteligente sentimentalidad característica de su decir. El desamor vuelve a tener aquí presencia destacada –“Deberían habernos contado / que el amor es sólo / una palabra / de cuatro letras”-, pero una más profunda respiración lírica otorga al poeta las herramientas expresivas necesarias para articular preocupaciones existenciales que atañen al vacío de Dios, la finitud humana –“la vida / consiste // en darle la forma al muerto / que serás para siempre”-, la noche como angustia –“…soportar la noche // como la casa vacía intenta / deshabitarse / de sus fantasmas”-, el dolor como dinamo para la escritura –“Es indispensable / que rompas tu corazón / cada cierto tiempo, que nunca // te permitas / ser feliz”- o la individualidad del ser –“Lo prometo: / intento cada día parecerme a mí mismo. // Pero es tan difícil / que prefiero improvisar”-. Poemas tan oportunos como “Los amantes”, que afronta el tema de la memoria histórica, y otros de tanta carga emotiva como “Reflexiones frente a un antiguo huerto”, acerca del paso del tiempo y la conciencia de la muerte, redondean un libro no necesariamente anclado en la tristeza, pero sí escrito desde el fructífero pulmón de la tristeza.

LIBROS RECOMENDADOS
POR LA
ASOCIACIÓN DE EDITORES DE POESÍA
2014
(I)
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1.– HILO DE ORO (Antología poética, 1974–2011),
de Eloy Sánchez Rosillo.
Edición de José Luis Morante.
Ediciones Cátedra, Colección “Letras Hispánicas”, nº 740.
432 páginas.

“Que otros canten las armas y a los héroes, / los abismos del ser / o la complejidad del universo”. En efecto, humildad y honestidad definen la muy importante trayectoria lírica de Eloy Sánchez Rosillo (Murcia, 1948), Premio Adonáis en 1977 por su primera obra, Maneras de estar solo, y Premio Nacional de la Crítica en 2005 por La certeza, el sexto de sus libros. Tras los esfuerzos como antólogos de Andrés Trapiello y Juan Marqués –bajo los sellos de Renacimiento y Pre–Textos–, Ediciones Cátedra presenta ahora Hilo de oro, que toma su título de uno de los más reveladores poemas contenidos en Antes del nombre –noveno y por ahora último de los poemarios de Sánchez Rosillo–; amplia antología en la que queda perfectamente reflejada la evolución de un autor que ha hecho de la memoria individual una constante y certera apelación al corazón plural de los lectores, en un contexto de proverbial claridad expresiva y de progresivo abandono de los anecdotarios marcados por el signo doliente de la pérdida: “Supe de la añoranza y el lamento. / Ahora celebro y canto.”.

Hilo de oro nos da la oportunidad del reencuentro con textos fundamentales de Eloy Sánchez Rosillo –“La acacia”, “La playa”, “Casta diva”, “La intrusa”, “Entonces” o “Perdición”–, además de con esos monólogos dramáticos –gran especialidad de la casa– en los que el autor acierta a dar genuina vida a figuras históricas predilectas como Meleagro de Gádara, Herman Melville o Giacomo Leopardi.

2.– NOCTURNO CASI, de Lorenzo Oliván.

Tusquets Editores.

Marginales, nº 285. Colección “Nuevos textos sagrados”.

128 páginas.

Con su obra de más reciente aparición, el cántabro Lorenzo Oliván (Castro Urdiales, 1968), destacada voz de la promoción española de los 90 –ganador de los premios “Fundación Loewe” y “Generación del 27”–, confirma una vez más el aserto que ya había podido leerse en su poética recogida en Última poesía española (Mare Nostrum, 2007), con Rafael Morales Barba como antólogo: “Concibo la poesía como aventura indagadora, pero en la que la reflexión no lastre el vuelo.” Efectivamente, Nocturno casi vuelve a apostar por un decir sobrio, sumamente medido en fondo y forma, y por una muy sugerente levedad que no enfatiza conocimiento y hallazgos, sino que se concentra en la gloria nunca inútil de la búsqueda, como el propio autor lo expresa con meridiana claridad: “Me hago preguntas por crear espacio / traspasado de flechas, // que no ansían la diana que limita, / sino el vértigo vivo // de buscar.”

“Ardua trama”, “Tocar extremos” y “Visión nocturna” son las secciones de un libro cuya insólita mirada se hace más notoria a cada poema, en su muy sutil articulación de la noche y el vacío como posibilidad infinita de ardimiento, revelación y eternidad: “Al verse en el espejo de la noche, / se enciende más el fuego, / se afirma en sí / ante lo que lo niega.”

3.– OH, SIGLO VEINTE, de Pablo Méndez.
Ediciones Vitruvio, Colección “Baños del Carmen”, nº 423.
136 páginas.

Se esperaba con gran interés la salida del nuevo poemario de Pablo Méndez (Madrid, 1975), tras habérsele concedido al autor el Premio de la Crítica de Madrid –2010 por su anterior libro, Ana Frank no puede ver la luna– aparecido bajo el sello de Ediciones Rilke e incorporado luego al catálogo de Ediciones Vitruvio, y con presencia no sólo en España sino también en Ecuador y México–. Oh, siglo veinte, la nueva obra de tan fecundo escritor –que también ha frecuentado el ensayo y la novela–, supone, ante todo, el acierto de una lealtad estética que, lejos de anquilosarse, ha decidido renovar sus votos de transparencia, cercanía y emotividad –basada fundamentalmente en los pequeños detalles definitorios del existir humano– otorgándoles ahora una profundidad de tipo histórico, cuyos diversos personajes y situaciones trascienden lo autobiográfico para situarse en el caudaloso venero de la paradoja: la nostalgia por un siglo, precisamente el siglo XX del título, en cuya “vieja y descolorida cartera” ha cabido “toda la sangre del mundo”.

Tiempo hecho lirismo, ayer y hoy puestos bajo la lente radicalmente sujetiva del artista, que, sin embargo, impulsa su voz en la seguridad de los diagnósticos de fondo compartidos, Oh, siglo veinte, por añadidura, da cabida a algunos de los mejores poemas que Pablo Méndez ha escrito en los últimos años, como “La madre”, “El hacha del abuelo” o “Club privado”: “…y es un dios enorme / el que está postrado, / el que al fin llora / el que al fin grita / el que sabe que ha muerto / y sólo es humo lo que envuelve/ su hermosura…”

4.– CHATTERTON, de Elena Medel.
Visor Libros, Colección Visor de Poesía, nº 864.
XXVI Premio “Fundación Loewe” a la Creación Joven.
56 páginas.

Aquel falsario poeta inglés, de cortísima vida, llamado Thomas Chatterton (1752–1770), por el que John Keats llegó a sentir predilección, da título al nuevo y galardonado poemario de Elena Medel (Córdoba, 1985), ocho años después de la aparición de Tara, y doce desde su tempranísima presentación en el campo de las letras merced a Mi primer bikini, Premio Andalucía Joven – 2001. Sin embargo, y tomando esta nueva obra en su conjunto, no es el polémico –y bajo cierto prisma, genial– trabajo de Chatterton lo que interesa a la autora, sino su condición de joven malogrado, o mejor, dominado por una súbita conciencia de desengaño existencial. Eso es precisamente el motivo conductor de la nueva entrega poética de Medel: el desengaño prematuro, la sensación de un fracaso que más bien tiene que ver con la imposibilidad del cumplimiento de un ideal forjado en los años de la adolescencia. En definitiva, poesía de la edad realmente dolorosa, pues ha de asumir sin ambages su naturaleza imprevista: “Pensé en mi edad y pensé en vosotros y pensé / que nadie me avisó de madurar así, junto a la vida y el frío / en el cajón / de la fruta que se pudre.”

De naturaleza bien sucinta, y con ese gusto tan propio de la autora por las elipsis de sentido que alzan muy específicas construcciones, los quince textos que integran Chatterton registran un notorio adelgazamiento de referencias juveniles respecto a anteriores trabajos, y se encaminan hacia la brillante conclusión delimitada por los dos últimos poemas de la obra, certeros y demoledores.

5.– EL SUEÑO DEL AMOR, de Manuel Juliá.
Ediciones Hiperión, Colección Poesía Hiperión, nº 661.
96 páginas.

Periodista y brillante articulista, narrador y también poeta, el escritor manchego Manuel Juliá (Puertollano, 1954) tiene en marcha uno de los proyectos más ambiciosos e interesantes de la lírica española actual: la trilogía que, siempre bajo el sello de Ediciones Hiperión, dio como primer fruto el poemario El sueño de la muerte, de 2013, prosiguiendo ahora con El sueño del amor para cerrarse, en un futuro próximo, con el ya anunciado libro que llevará por título El sueño de la vida. Vida, muerte, amor: las tres heridas hernandianas, efectivamente, cuyo vínculo aquí radica en la idea de sueño, de irrealidad o, si se prefiere, de fragilidad extrema de la esencia humana a causa de su condición efímera. Por eso el sujeto poético regresa porfiadamente al ámbito textual, “para sentir una nostalgia que no tenga ni principio ni fin, y no sepa si habita en el vacío de las palabras, o en el silencio de la aurora”. Y por eso también busca “el amor que se fue, o el amor que llega, para poder regresar con una esperanza al vacío.”

Imaginería fértil y plena de asociaciones libres –violentas incluso–, ritmos sincopados y un tono de vehemencia sostenida son quizá los rasgos fundamentales de esta obra de alto voltaje, El sueño del amor, cuya división tripartita, además de hacer honor al trazado general del proyecto, sirve a Juliá para plantear con eficacia el itinerario amoroso más acorde con la vida misma: gozo, pérdida, memoria.

6.– AULLIDO DE LICÁNTROPO, de Carlos Álvarez.
Prólogo de Manuel Rico.
Bartleby Editores, Colección Bartleby Poesía.
188 páginas.

Dos primeras ediciones en la colección Ocnos (1975, 1976), y una tercera bajo el sello de Endymion (1980), bien merecían que Aullido de licántropo retornara a la esfera de las lecturas posibles para los amantes de la poesía en el momento presente. Bartleby ha llevado a efecto la recuperación de esta jugosa rareza en la más reciente historia de la literatura de nuestro país, cuyo singular carácter radica en su doble condición “lateral”: si, en opinión de Manuel Rico –prologuista de esta oportuna reedición–, la obra de Carlos Álvarez (Jerez de la Frontera, 1933) podría hallarse en tal lugar respecto a la generación española del medio siglo, Aullido de licántropo, en sí, se constituiría como un “artefacto lírico–narrativo” –en definición de Manuel Rico, nuevamente–, bajo cierta conjunción de perspectivas que hace de los propios poemas tan sólo la parte más tipificada, sin duda, de un todo explosivo, en el que cabe la política, el izquierdismo expreso y el antifranquismo velado; los guiños a la tradición poética castellana, y las referencias a la literatura y el cine de terror. Por supuesto, siempre con la figura del hombre lobo, del licántropo, por guía constante y a manera de símbolo del desarraigado o disidente que asume el papel de aprendiz de aniquilador de una sociedad injusta y represora.

Cabe felicitarse por la reaparición en nuestro inmediato panorama de este libro paradigmático, todo un testimonio de época, e imaginativo ejemplo de cuanto literariamente puede conseguirse desde los márgenes de un canon establecido.

LIBROS RECOMENDADOS
POR LA
ASOCIACIÓN DE EDITORES DE POESÍA
2014
(I)
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7.- PORNOGRAFÍA PARA INSECTOS,
de José María Parreño.
Editorial Pre-Textos, Colección Poesía, nº 1.271.
96 páginas.

Profesor universitario, crítico de arte y comisario independiente, José María Parreño (Madrid, 1958) ha ido desarrollando, de forma paralela, una sólida carrera como escritor –en su día, además, fue Coordinador de Literatura en el madrileño Círculo de Bellas Artes-; carrera cuyos inicios se remontan a 1980 –cuando su primera obra, Instrucciones para blindar un corazón, obtuvo un accésit del Premio Adonáis-, y que en 2006 había cubierto una última etapa con el volumen titulado Poemas de amor y no. Por fortuna, el silencio lírico se ha roto merced a una creación extraordinaria: Pornografía para insectos, o más bien El desvividor, como el propio Parreño explica en el oportuno prólogo: “Éste no es el libro que yo quería escribir (…) Sus páginas están redactadas a escondidas de mí mismo. Es la autobiografía de un yo al que antes no había tenido acceso”.

Efectivamente, la nueva obra de José María Parreño, estructurada en un poema inicial y cuatro partes –de entre las cuales la segunda se halla dominada por una ocurrente ironía no exenta de terribles acentos, y la cuarta versa enteramente sobre Dios y la trascendencia-, aborda con imaginación y coraje los misterios de la individualidad. “Soy la página / que rompe, / la nota / que no sabe descifrar, / la errata / que olvida / corregir. // Soy su mitad o más. / Pero no tengo nombre”, leemos en Pornografía para insectos o El desvividor, donde la permanente sensación de derrota (“quise ser más, / mejor, / distinto, / y hoy agradezco / haber fracasado”) no renuncia al instante de la revelación poética, y de ahí la porfía en la búsqueda pese a la sinrazón del destino humano, o precisamente por su causa: “Por eso suplico luz / para entender. // Un segundo de luz / suficiente / para entender, / aunque sea la del rayo / que me fulmine”.

8.- ÁCIDO ALMÍBAR,
de Rafael Soler.
Ediciones Vitruvio, Colección “Baños del Carmen”, nº 414.
124 páginas.

La sucesiva aparición, en un lapso de cinco años –entre 2009 y 2014-, de los poemarios Maneras de volver, Las cartas que debía y Ácido almíbar, ha colocado nuevamente a Rafael Soler (Valencia, 1947) en la vanguardia del actual panorama literario español, donde ya había dejado honda huella como novelista de culto a comienzos de los años 80, además de un inaugural libro de poemas, Los sitios interiores (sonata urgente), que llegó a ser publicado bajo el sello de la Colección Adonáis.

Voz realmente singular, dotada de una gran potencia expresiva, cuyo rasgo más fácilmente reconocible quizá sea esa permanente tensión en el lenguaje que propicia la indagación poética, el canto afilado de Rafael Soler se crece en la feraz intersección de la ironía y la ternura –territorio del que brotan poemas tan brillantes e inteligentes como “Pluma que no escribe, pájaro que vuela”-. En cierto modo, Ácido almíbar, a lo largo de sus siete secciones, va más allá de la concepción que había sustentado el anterior Las cartas que debía: individualidad y pluralidad no aspiran de nuevo a fundirse en un segmentado retrato colectivo, sino a la más sofisticada composición de una vida capaz de mirarse, y también de reconocerse, en otros recorridos biográficos; en otras experiencias, memorias, dudas y expectativas, asumidas siempre desde el rigor poético, sin confundir los días con su prosa. Condenados a ser libres, según la máxima sartreana, Soler acierta a plantear al lector, una vez más en el feliz transcurso de su trayectoria creadora, la exhortación total que es compromiso humano: “lánzate escúchate atrévete / cuando enciendan la luz / y justo a tiempo empiece el infinito”.

9.- EL PULSO DE LAS NUBES,
de Javier Lostalé.
Editorial Pre-Textos, Colección Poesía, nº 1.299.
64 páginas.

La madurez creativa del periodista, escritor y, por encima de todo, poeta Javier Lostalé (Madrid, 1942) ha deparado dos prominentes entregas en los últimos años: Tormenta transparente, de 2010, y ahora El pulso de las nubes. En ese cuatrienio, las antologías Rosa y tormenta (2011) y Azul relente (2014) han contribuido a asentar, entre los amantes de la poesía en lengua castellana, una obra interesantísima cuyas primeras muestras –la carrera literaria de Lostalé alboreó allá por 1976, con Jimmy, Jimmy- fueron agrupadas ya, en 2002, en el volumen titulado La rosa inclinada –una de las enunciaciones líricas predilectas del autor, por cierto-.

“Mientras en tu alma atardece, / respira por última vez / todo lo que te dieron / y ámalo también hasta su último resplandor”: versos finales de “Toda la vida…”, poema inicial de El pulso de las nubes, que pintan inmejorablemente el dilatado y vívido crepúsculo donde mora el sujeto de este libro conmovedor. La pureza doliente de Rilke y la vehemencia extática de Aleixandre, imprescindibles referencias para Lostalé, vuelven a iluminar la humildad del poeta, ese solitario que tiene “toda la luz dentro, / por eso se convoca a noche perpetua / sin dejar nunca de amanecer”; el que “callado se apaga a la puerta de su jardín / para que brille intacta la rosa de todos, / y canta luego la dicha plena / de ser en lo que no le pertenece”. Música de silencios y amor, desposesión y nubes (“…universal pulsación de lo aún no concebido”), Javier Lostalé nos regala aquí, además, algunos de sus poemas más intensos, como el valeroso “Nunca por nadie” –salto mortal sin red-, el esencial “Niebla” o el clarividente “Esperar”: “Quien espera se conquista / sin antes tener que rendirse…”.

10.- MÁS ALLÁ, TÁNGER,
de Álvaro Valverde.
Tusquets Editores.
Marginales, nº 286. Colección “Nuevos textos sagrados”.
120 páginas.

“Está allí, pero la traes contigo”. Así de contundente es la presencia interior de la ciudad marroquí de Tánger en el nuevo libro del escritor extremeño Álvaro Valverde (Plasencia, 1959), cuya trayectoria poética quedó asentada ya hace más de veinte años, desde que en 1991 obtuviera el Premio Internacional “Fundación Loewe” con Una oculta razón. Desde entonces, Ensayando círculos, Mecánica terrestre y Desde fuera han jalonado su andadura con Tusquets Editores, sumándose ahora precisamente este Más allá, Tánger de diáfana escritura y muy sutil construcción, pues en él “se entrecruzan dos voces”: la de una mujer “que vuelve muchos años después a la ciudad donde nació”, y la de un hombre “que la visita por primera vez”. A todas luces, vínculos familiares conceden a la subyacente historia un subido lirismo.

De cualquier modo, Tánger ostenta el auténtico protagonismo en el devenir del poemario, y ello en virtud de la citada diafanidad de toda la composición. La ciudad en la que se “respira tiempo” es “reflejo de un fervor”, y representa la “edad clausurada” en la que se habita, circunstancia favorable a las paradojas del corazón, a sus emboscadas plenas de sentido: “Lo raro es que al bajar y tocar puerto / te sientas un extraño que regresa”. Conjugando el espacio, el tiempo y la memoria con los mimbres de la sencillez expresiva y la fija atención a los hondos claroscuros que de pronto se presentan, Álvaro Valverde levanta el transparente laberinto del arraigo a un lugar que es, ante todo, sentimiento (“Te espera otra ciudad / pero es en vano: / estás seguro / de que salir de Tánger / no es posible”).

11.- LA ETERNA CUALQUIERCOSA,
de Martín López-Vega.
Editorial Pre-Textos, Colección “La Cruz del Sur”, nº 1.292.
76 páginas.

Entre las propuestas más consolidadas de la nueva poesía española se cuenta la aportada por el asturiano Martín López-Vega (Poo de Llanes, 1975), tras un trabajo iniciado tempranamente, hace ya dos décadas, y que ha venido dando origen a una decena de poemarios en lengua castellana –el autor escribe igualmente en bable-, con títulos como Travesías, Árbol desconocido, Extracción de la piedra de la cordura, Gajos o Adulto extranjero. Premios como el “Emilio Alarcos” y el “Hermanos Argensola” han procurado mayor visibilidad a una creación caracterizada, según el crítico y profesor Rafael Morales Barba, por la línea clara, el neorrealismo y la reflexión, incorporando a sus poemarios “múltiples referencias culturales”.

La eterna cualquiercosa, el nuevo libro de Martín López-Vega, abunda en todo ello; de hecho, un poema como “Relación de reparaciones…” supone la recreación virtuosística de cierto culturalismo bien entendido, franqueable y evocador. Con todo, la obra logra ser, fundamentalmente, un sosegado canto a las pequeñas cosas, a esa “eterna cualquiercosa” que aparece ya en el mismo título, y con acierto. “Como una multitud reconciliada, / camino solo entre la bruma / igual que un rinoceronte entre las ruinas / de un mundo suyo y no suyo. / Es hermosa la existencia”. Así, las súbitas nostalgias, cierta vena irónica y la conciencia de ser “aplicados orfebres de lo efímero”, no empañan la final voluntad de los seres humanos para “que aquello que plantamos nos sobreviva / y siga creciendo, ya sin nosotros, / para otros”. No sorprenderá, pues, la cerrada defensa de la escritura por parte del autor, que leemos en el gran poema “Una manzana para Margarita”: “Por eso escribo poemas / para sentir la salud / para encender la luz / que una y otra vez el viento de la vida apaga”.

12.- MORTÍFERO, INGENUO Y TRANSPARENTE,
de María Solís Munuera.
Ediciones Vitruvio, Colección “Baños del Carmen”, nº 464.
76 páginas.

“La autora juega con las contradicciones más sublimes y asombrosas, sabiendo que a la poesía le gustan los extremos que al juntarse estallan como aerolitos en el cielo del alma y en el del paladar.” Son palabras que pueden leerse en el prólogo a Mortífero, ingenuo y transparente, de María Solís Munuera (Madrid, 1976); palabras del escritor Jesús Ferrero, quien califica de “abisal” a este, en puridad, primer poemario de la autora, tras la previa aparición de un cuaderno denominado Hordas (2011). Precisamente “Hordas”, junto con “Banquete” y “Río”, conforman las secciones de este nuevo y tripartito poemario, que nos descubre plenamente a una voz de imaginación fortísima, bien afinada en una personal conjunción de surrealismo y expresionismo –el poema titulado “Hotel” se antoja, al respecto, un “tour de force” en sus escenas sucesivas-, pero capaz también de conciliar tradición y modernidad hasta extremos de raro virtuosismo, como el que demuestra el delirante soneto “Pavo real”.

Suerte de “suite” caleidoscópica en la que el sujeto lírico se diluye en aras de una visión múltiple, y en absoluto unívoca, de la realidad, el animal “mortífero, ingenuo y transparente” encarnado por la medusa se convierte muy pronto en símbolo de una totalidad contradictoria, peligrosa aunque sutil (“pero el mar son espasmos de medusa”), reflejo ineludible de la condición humana, que conduce a inesperados vértigos –atención a “Santa Úrsula en el supermercado”-, o a una iluminación tan contundente como la de “Desahucio (o piel)”: “Mi piel nació conmigo y conmigo se estira. (…) Prefiero aventurar que me aventaja, ella crece / y tengo que esforzarme / para estar a su altura. / Se cansará de todo antes que yo”.